
Michel Houellebecq “Ampliación del campo de batalla” Ed. Anagrama, Barcelona 2011
“ >> Cuando yo la conocí, en la plenitud de sus diecisiete años, Brigitte Bardot (Nota: el autor está usando un nombre irónico) era un verdadero asco. Para empezar estaba muy gorda, un callo, una inmensa morcilla con diversos michelines desafortunadamente repartidos por las intersecciones de su obeso cuerpo. Pero aunque hubiera seguido durante veinticinco años el régimen de adelgazamiento más severo y terrorífico, su suerte no habría mejorado mucho. Porqué tenía la piel rojiza, grumosa y granujienta. Y una cara ancha, chata y redonda, con los ojillos hundidos y el pelo ralo y sin brillo. La verdad es que, de la manera más inevitable y natural, todo el mundo la comparaba con una cerda.
>> No tenía amigas, y evidentemente tampoco tenía amigos; estaba completamente sola. Nadie le dirigía la palabra, ni siquiera en un examen de física; siempre preferíamos preguntarle a cualquier otro. Venía a clase y luego se iba a su casa; nunca oí decir a nadie que la hubiese visto fuera del liceo.
>> En clase, algunos se sentaban a su lado; se habían acostumbrado a su masiva presencia. No la veían y tampoco se burlaban de ella. Ella no participaba en las discusiones de las clases de filosofía; no participaba en nada de nada. En el planeta Marte no habría estado más tranquila.
>> Supongo que sus padres debían de quererla. ¿Qué haría por la noche, al volver a casa? Porque seguro que tenía una habitación con una cama y las muñecas de su infancia. Lo más probable es que viera la tele con sus padres. Una habitación a oscuras y tres soldados por el flujo fotónico; no veo nada más.
>> En cuanto a los domingos, me imagino muy bien a la familia cercana recibiéndola con fingida cordialidad. Y sus primas, seguramente bonitas. Repugnante.
…..
>> Sus mecanismos hormonales debían de funcionar con normalidad, no hay motivos para sospechar lo contrario. ¿Entonces? ¿Basta eso para tener fantasías eróticas? ¿Imaginaba unas manos masculinas entreteniéndose en los repliegues de su grueso vientre? ¿Bajando hasta su sexo? Pregunto a la medicina y la medicina no contesta.
>>En el fondo, no estoy muy orgulloso de esta historia; es demasiado burlesca para estar exenta de crueldad. Vuelvo a verme una mañana, por ejemplo, saludándola con estas palabras: “Oh, Brigitte , llevas un vestido nuevo….” Era bastante asqueroso, aunque fuese cierto; porque el hecho parecía alucinante, pero era real: cambiaba de vestido; hasta recuerdo que una vez se puso una cinta en el pelo, ¡oh, dios mío, parecía una cabeza de ternera entreverada! Suplico su perdón en nombre de toda la humanidad.
>> Grande es el deseo de amor en el hombre, hunde sus raíces hasta profundidades asombrosas, y sus múltiples raicillas se afincan en la materia misma del corazón. A pesar de la avalancha de humillaciones que constituía su vida cotidiana, Brigitte Bardot tenía esperanzas y esperaba. Probablemente sigue teniendo esperanzas y esperando. En su lugar, una víbora ya se habría suicidado. Los hombres no temen a nada.”
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